Eventos Académicos, IV Congreso Internacional de Letras

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La persistencia de un origen: el caso de "Eisejuaz" (1971), de Sara Gallardo, y "Fuegia" (1991), de E. Belgrano Rawson
Carolina Grenoville

Última modificación: 2018-02-04

Resumen


Tanto en “La cautiva” como en “El matadero”, de Esteban Echeverría, la narración de las acciones se halla precedida por la configuración de un espacio racional, abstracto y homogéneo. La intuición perspectiva del espacio con que se abre el poema circunscribe un lugar propio en ese espacio recorrido por los otros para ordenar, por el momento, imaginariamente, la distribución de sus elementos. La visión desde la cordillera sobrevuela el territorio a la manera de un ojo celeste, reconociendo el lugar que algún día coincidiría con el Estado argentino. Por otra parte, el croquis de la localidad que se describe en “El matadero” para que el lector pueda percibir el espectáculo “a un golpe de ojo” (Echeverría, 1983: 103) cumple una función análoga al instaurar también un corte entre un lugar propio y uno ajeno en el interior de la ciudad de Buenos Aires. El croquis, manifestación de una racionalidad urbanística, no es solo el producto de un estado del saber geográfico, sino que también forma parte del ritual de conquista y fundación de esa pequeña república todavía gobernada por el juez del matadero, signo a escala reducida, a su vez, de lo que, siguiendo el texto, ocurría en el país.

La visión en perspectiva con que se abren los dos textos funciona como un modo de contener el rebase de límites que se narrará a continuación (el festín, la resbalosa), una vez que los textos se hayan sumergido en las acciones que se desarrollan dentro del cuadro. Asimismo, esta mirada concibe una utopía según la cual a cada sujeto le corresponde un sitio propio y distinto dentro de un esquema de relaciones muy preciso que, por ese entonces, solo hallaba un lugar en la imaginación literaria. La práctica panóptica, en suma, anticipa un control efectivo sobre los cuerpos que allí habitan y proyecta, gracias a este proceso abstractivo y totalizador, un futuro en donde las contradicciones y luchas heredadas del período colonial han sido superadas (o eliminadas). No es el espacio el lugar desde el cual se piensa el futuro, sino que es el futuro ideado lo que modela el espacio.

Bajo el espacio objetivado, abstracto y totalizador que configura el croquis –el espacio visto–, se encuentran los practicantes ordinarios de la localidad del matadero. El relato de Echeverría se vuelve entonces realista para dar cuenta de todas las contaminaciones subjetivas de este espacio empírico donde las clases bajas se salen permanentemente de lugar. En contraposición con la construcción visual, el texto instaura otro tipo de espacialidad que exhibe el movimiento de los cuerpos. La identificación de la zona y de los elementos que la componen constituye un modo de legitimar la violencia implicada en el establecimiento de límites geográficos, pero sobre todo político-jurídicos y ético-sociales.

De igual modo, la muerte de los tres custodios de la civilización (el unitario en “El matadero” y María y Brián en “La cautiva”) permite restaurar la ley del lugar que es violentado con la acción de la conquista. La cruz y el ombú en “La cautiva” son, ante todo, los símbolos del espacio ganado a la barbarie. “De la lápida al cadáver, un cuerpo inerte siempre parece fundar, en Occidente, un lugar y hacerlo en forma de tumba” (De Certeau, 1996: 130). La tumba es al cuerpo lo que el mapa al territorio: la señalización de un sitio propio, pero también su asesinato, su reducción al mero estar ahí de un muerto.


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